Devoción Diaria

“Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.” – Lucas 15: 28-30 

¿ERES EL HIJO MAYOR? 

Una de las parábolas más famosas de Jesús es la historia del hijo pródigo. Es una poderosa historia de amor incondicional y la misericordia de un padre hacia su hijo rebelde que regresa a casa derrotado y avergonzado después de arruinar su herencia. Es una hermosa imagen del corazón de Dios hacia todos y cada uno de nosotros que en un momento u otro hemos las riendas de nuestra propia vida y nos hemos alejado de Dios.

El protagonista es claramente el hijo menor; sin embargo, Jesús menciona específicamente un segundo hijo, el hijo MAYOR. Viendo la cálida bienvenida que recibió este hijo “ofensor”, el hijo mayor se enfadó: ¿Qué hay de mí? Nunca te he dejado de lado ni te he deshonrado, se queja ante el padre (mi parafrasis). ¡No es justo! Y tiene razón, no es justo.

El padre en la historia representa a Dios que ofrece perdón y gracia abundante, una vez que llegamos a ese punto de finalmente volvernos hacia Él. Ahora, para los hijos menores entre nosotros, ese amor incondicional a menudo se traduce en poderosos testimonios de vidas cambiadas. ¿Pero qué hay de los hijos mayores? Aquellos de nosotros que hemos sido fieles cristianos durante años? Es tentador mirar por encijma del hombro a esos hijos rebeldes y más jóvenes con juicio y desdén. Es asombroso lo rápido que los pecados de la arrogancia y el orgullo pueden echar raíces en nuestros corazones.

En los días de Jesús, los fariseos a menudo asumían la mentalidad del hijo mayor. Sólo veían los pecados de los demás y trabajaban duro para ganarse el favor de Dios. Y tambien, la iglesia moderna de hoy está llena de hijos mayores.  A menudo es mucho más fácil señalar los fallos de los demás mientras permanecemos ciegos a los nuestros. Y aún así, el Padre ama a AMBOS hijos. Persigue a AMBOS hijos. Su invitación a regresar a casa está disponible para AMBOS de sus hijos. El hijo menor aceptó. Entonces, hijo mayor, ¿volverás tambien a casa?

 

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