Devoción Diaria

“Sarai mujer de Abram no le daba hijos; y ella tenía una sierva egipcia, que se llamaba Agar. Dijo entonces Sarai a Abram: Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva; quizá tendré hijos de ella. Y atendió Abram al ruego de Sarai.” Genesis 16: 1-2

 

PROBLEMA, TENTACION, REDENCION

Esto se lee igual que un drama televisivo de día, donde hay celos, traición, desamor etc. Abraham, el padre de nuestra fe juega el papel principal en esta historia y en las desastrosas consecuencias que se desatan. Pero, retrocedamos.

A la edad de 75, Abraham obedece el llamado de Dios en su vida. Dios promete bendecirle a el y a otros a través de él, creando una gran nación a partir de su linaje. Diez anos pasan y Sara, la esposa de Abraham, permanece estéril. Sin niño no hay heredero. Frustrados, ellos toman el asunto en sus propias manos. Sara ofrece a su sierva Agar a Abraham para que le concibiese un hijo. Abraham acepta y pronto Agar queda embarazada. Todo parece estar funcionando perfectamente excepto por un pequeño detalle: este no era el plan de Dios. Y muy pronto, la falta de confianza en Dios les alcanza. Los celos e inseguridades superan a Sara. La ira de Sara en contra de Agar se hace tan fuerte que Agar huye de desesperación.

¿Existe alguna solución ante tal desastre? En medio de todo ello, Dios demuestra una increíble gracia y misericordia. Dios encuentra a Agar, una victima en esta situación, en el camino en el desierto mientras esta huyendo. El le habla en su desesperación. “No desmayes”, le dice. En su punto mas bajo Dios la encuentra y promete bendecirla. Pero esto no es todo. Dios incluso extendió su gracia a Abraham y Sara a pesar de su pecado. De la misma forma, Dios nos ofrece su gracia a través de la muerte de Cristo en la cruz cuando la vida parece no ofrecer ninguna esperanza, cuando lo hemos arruinado todo.

¿Estás dispuesto a aceptar el perdón, la gracia y el amor de Dios? No importa lo que haya pasado en tu historia, no te rindas. Jesús es siempre más grande que nuestro dolor y nuestro pecado. Agar lo creyó. Abraham lo creyó. ¿Lo creerás tú?

 

 

 

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